¿NECESITA MÁLAGA UN NUEVO HOSPITAL?

¿

¿Necesita Málaga un nuevo hospital?

¿Necesita Málaga un nuevo hospital?
Descargar PDF

Miguel Such, cirujano cardiovascular

En el ambiente actual de saturación de camas, listas de esperas, colapso de las urgencias y abrumadoras manifestaciones de apoyo por parte de instituciones de gran prestigio, sería absurdo, además de suicida, responder negativamente. Lo que es evidente es que los servicios sanitarios no están al nivel que demanda nuestra sociedad, y ante esto, parece que tener un “hospital nuevo” (que no un “nuevo hospital”), podría solucionar o al menos paliar los problemas. La cuestión es si hemos reflexionado suficientemente sobre ello, o simplemente hemos eludido el debate para huir hacia delante diciendo, como en mayo del 68 “se práctico y pide lo imposible”, en un intento desesperado de, al menos, mantener la esperanza en una vuelta al pasado.

Desgraciadamente (o por fortuna) el pasado nunca vuelve, y solo nos espera el futuro, que será mejor o peor que el presente en función de las decisiones que se tomen ahora: si éstas no están basadas en datos sólidos, existen pocas posibilidades de que ese futuro sea mejor y una vez más habremos hecho un ejercicio de populismo, prometiendo lo que todos queremos sin entrar en el “cómo” puede hacerse.

La sanidad pública española ha sido durante muchos años, un ejemplo dentro y fuera del país: los datos de salud lo atestiguan, así como la opinión de la inmensa mayoría de los españoles. Pero esos logros indudables se han basado en circunstancias excepcionales, como fueron la población mayoritariamente joven y sana de los años 80, una medicina basada en médicos, una tecnología incipiente, medicamentos “baratos”, y también unas expectativas limitadas de los pacientes, que recordaban bien “de donde veníamos” con una expectativa de vida mucho más corta. Aún recuerdo en los primeros 80 del pasado siglo cómo a nadie se le ocurría operar de corazón a “un anciano de 70 años”; ahora intervenimos a alguno con más de 90. Y es solo el principio: la tecnología se impone en todos los campos, necesitando continuas inversiones, y los tratamientos, cada día más costosos, se aplican a una población en aumento, con mayor expectativa de vida y con mas necesidades asistenciales. Con todo ello, el déficit económico del sistema ha ido creciendo año tras año. La deuda de nuestro país ya no permite las alegrías de otros tiempos, y los recortes de gasto han sido inevitables, afectando de forma importante a los pacientes en forma de aumentos de tiempos de espera a todos los niveles. Quizás más difícil de recuperar en el futuro es la repercusión que estos recortes han tenido sobre el personal sanitario: pérdida de condiciones laborales, contratos precarios incluso inferiores a un mes, bajada importante de capacidad adquisitiva, etc., lo que ha provocado en muchos de ellos la búsqueda en el sector privado de la estabilidad que el público ha dejado de ofrecer.  Algunas consecuencias son más difíciles de apreciar, pero sus efectos pueden ser aún peores y de mucha mayor duración: es impensable en estas circunstancias que los mejores profesionales de cada especialidad abandonen sus lugares de residencia para ofertas de contratos de pocos meses, así que la “selección de los mejores” ha desaparecido en Andalucía para restringirse a la oferta local. El efecto sobre la calidad a largo plazo es previsible.

En las circunstancias actuales, mantener el mismo sistema sanitario es a todas luces imposible, y solo “el miedo a la respuesta social” o directamente a la pérdida de votos podrían justificar la ausencia de un debate en profundidad. Solo un “Pacto Nacional para la Sanidad” podría hacer viable en el futuro el acceso equitativo de la población a los servicios de salud. Sin ese debate, sin esas reformas, sin ningún cálculo experto sobre su repercusión en mejorar la asistencia y aún menos en el coste que tendría esta supuesta mejora, cualquier gasto excepcional y fuertemente gravoso, como puede ser la construcción de un nuevo “Gran Hospital” podría ser solo un nuevo “monumento al despilfarro” y una forma de evitar protestas de la población justamente indignada.

La salud de la población se basa en estos momentos en patrones que se alejan enormemente del número de camas de hospital, y aún más en la existencia de grandes hospitales generales. El hospital de hoy debe ser un centro de altísima tecnología y muy volcado en la investigación y la docencia, lo que implica plantillas de altísimo nivel, fuertemente incentivadas y  numeroso personal auxiliar especializado  que permita al personal médico, investigador y docente dedicarse exclusivamente a su labor. Y solo deberían atender a los pacientes para los que tiene verdadera utilidad: los que padecen problemas agudos.

¿Qué hacemos con los problemas crónicos? Esta es la gran reforma que la sanidad necesita. Las enfermedades crónicas afectan a la mitad de la población, representan mas del 50 por ciento de los ingresos hospitalarios y entre el 60 y el 70 por ciento del gasto sanitario actual, siendo responsables del 75 por ciento de los fallecimientos en nuestro país. Y la inmensa mayoría de ellos no necesitan un gran hospital.

La gran paradoja, es que el principal líder e impulsor en el mundo de esta medicina para pacientes crónicos lo tenemos en España, el dr. Rafael Bengoa, Consejero de Salud del Gobierno Vasco hasta 2012 y hoy asesor de diversos países y universidades, así como de la UE en temas de reforma sanitaria, quien ha diseñado y puesto en práctica la receta: asistencia domiciliaria de los pacientes, corresponsabilidad con su enfermedad, contacto permanente con otros pacientes con problemas similares, (figura del “paciente experto”), y apoyo telefónico o telemático para cualquier contratiempo.

La eficacia del cambio ya puede verse en el País Vasco y en las zonas de otras comunidades españolas en las que progresivamente se van implantado estos sistemas.

Hay un largo camino por delante, y grandes inversiones que realizar. Pero el futuro parece inclinarse por pocos hospitales con pocas camas y gran tecnología y un aumento sustancial de personal sanitario para asistencia domiciliaria, centros de salud equipados con “hospitales de día” para pacientes crónicos e inversión en tecnología (ya existente y en muchos casos española) para trasmisión desde casa de aquellos parámetros que puedan predecir problemas, para tratarlos con antelación y evitar complicaciones innecesarias, ingresos no deseados y deterioros evitables de su salud.

Ante todos estos retos, ¿estamos seguros que en estos momentos un “Hospital Nuevo” es la mejor inversión? Creo sinceramente que necesitamos datos concretos, económicos y en resultados de salud que lo justifiquen, con la mente abierta a todas las alternativas, empezando por finalizar con la política de no tratar adecuadamente al personal sanitario, que inevitablemente va a afectar a la calidad de la asistencia y a la satisfacción de los usuarios. Solo tras ese “debate abierto” debería abordarse el hospital,  a pesar de que “el clamor social en la ciudad” jueguen en contra de expresar opiniones como esta.

Acerca del autor

Añadir comentario

Categorías